"Vamos para la galería principal" me recomendó el Indio. Ahí estaban todos los demás invitados de la reunión.
Lo primero que vi fue a un bajista, roadie - o plomo en castellano- del mejor guitarrista de todos los tiempos, borracho y apostando con el
As de espada siempre oculto bajo la manga. De pronto un joven australiano, que parecía recién salido del colegio privado (por el uniforme escolar), hizo la señal de los cuernos al ver las cruces plateadas colgando del cuello del metálico cantante, casado con una mujer argentina, que toca la guitarra muy cerca del fuego, demasiado cerca, quemándose para siempre, como cuando su grupo demandó a la paginita web, de símbolo piojoso. La magia negra, con toda su simbología, estaba presente de la mano de unos jóvenes de pelo largo que la transformaban en religión.
"Es probable que hayan vendido su alma al diablo" comentó una morsa.
Luego de ausentarse un rato largo, encerrado en su propia habitación, el único afroamericano ciego del lugar, no necesitó ninguna indicación para encontrar el piano de cola, que minutos antes había sido el instrumento de un rubio que tuvo que salir al patio por el llamado de su esposa (de a penas 13 años) que decía haber visto a un cerdo gigantesco color rosa flotando en el cielo, mientras David y Roger se insultaban, como siempre.
El ambiente se hizo un poco más espeso de lo que me hubiera gustado. A mi lado veo pasar, gateando, a un bebé mojado con un anzuelo clavado en la mano por intentar agarrar un billete de un dólar. El horroroso Eddie preguntó a los gritos
"¿quién es el responsable de eso?". Nadie confesó. Mientras los hermanos ingleses, que intentaban copiar los condimentos principales de los
Fab Four, se tiraban sillas por la cabeza, acusándose mutuamente, la preciosa hija del fletero miraba absorta como, en apenas dos minutos, iban y venían piñas para todos lados, en forma de hecatombe generalizada.
De repente, para el susto de todos, un disparo (¿un 38?) que quizás provenía de un callejón, hizo que el lugar se volviera un caos total. Gente corriendo para cualquier lado, un rasta blanco surfeando sobre las cabezas de un grupo de lolitas y de nuevo otro estruendo, esta vez mucho más fuerte, casi con seguridad de una escopeta, proveniente del invernadero, colina arriba.
"No la estoy pasando bien, Indio" le dije a mi nuevo compañero mental.
Fue entonces cuando un hombre llamado Syd Barret, me parece, dijo que ya era suficiente, que
"más droga me iba a volver loco", que debía hacer algo mejor con mi vida, y que
“por favor” le dé lo que yo ya no iba a usar más. Él me iba a indicar el camino de salida.
El sonido de las campanadas del infierno indicaron que el show había terminado. Antes de irme, un tipo llamado Jimi (sín con i) se dirigió hacia mi persona y exclamó:
“Para aquellos que les gusta el rock, mi saludo” y en mi honor, prendió fuego su guitarra blanca apoyada en el suelo. De ella salieron colores hermosos. Entendí el mensaje de inmediato.
Finalmente, con una canción de redención de fondo, la mejor foto del rock de todos los tiempos había terminado. No, la de Clash llamando a Londres no. La imagen que al mismísimo Peter Capusotto le gustaría tener. Y yo la viví.
¿Me habrá servido para encontrar la congoja tan deseada? Al despertar, ¿volveré a ser el patético Sánchez de siempre? No lo sé, igualmente, gracias Bob. Sigue Diego en Campinoxx - Todos es uno