“Te lo juro por mi vieja. En serio, creéme. No, no te estoy mintiendo, necesito que confíes en mi palabra! ¿Tan difícil te resulta? ¿Qué tengo que hacer para que me creas?”El
ruego por obtener la credibilidad del otro podría extenderse hasta el cansancio y, probablemente, lo máximo que podamos conseguir es que éste
tome con pinzas nuestras palabras. ¿Cuándo cambió todo? ¿Desde qué momento la palabra fue bastardeada al punto de que quien confía en ella es
tildado de ingenuo? ¿Hay forma de doblegar esta costumbre de
sospechar de todo y de todos?

La definición más periodística sobre “
la verdad” la define como una respuesta lógica, siendo el resultado de examinar todos los hechos y los datos. Una conclusión que se basa en evidencia no influida por deseos, autoridades o prejuicios.
Un hecho que no se puede evadir.
Nuestro contexto nos ubica en Argentina, siglo XXI. Un país tan singular como interesante ubicado al sur del mundo, por el que desfilaron personas y personajes que inevitablemente influyeron en nuestras personalidades.
Un país en donde se derribó el mito de que los borrachos dicen la verdad cuando
le creímos a un militar alcohólico e inescrupuloso que nos dijo que estábamos ganando la guerra de Malvinas, mientras nuestros jóvenes e inexpertos soldados caían muertos como moscas, sin ninguna chance de defenderse.
Un país en donde un sacerdote con cara de buen tipo, hace unos años estaba a cargo de un hogar que daba refugio y comida a cientos de pibes de la calle, pero hoy está acusado (y declarado culpable en primera instancia) de haber
abusado sexualmente de 17 chicos que confiaron en su palabra.

Un país en donde el presidente de la década de los 90
prometió la construcción de una plataforma en donde naves espaciales iban a poder salir de la atmósfera, y que de ahí íbamos a poder elegir el destino que se nos antojara, de tal forma que en una hora y media podíamos estar en China si así lo hubiésemos querido.
Ok, es verdad, basándonos en este tipo de ejemplos inevitablemente
debimos convertirnos en animales desconfiados. Nos acostumbramos a que así debe ser, como un acto de defensa. Construimos una muralla de sospechas para prevenir una posible y engañosa esperanza sostenida sobre un castillo de naipes.
¿Te parece lo normal? ¿Te gusta que así sea?